«¡Tan pequeñita es la perla del Pacífico, verdad? Y Buenos Aires tan inmensa» escribió el famoso poeta Chocano estante en Lima en una carta a Rubén Darío en 1894. Se hubiera reído la avispada Juana Manuela Gorriti al ver cómo llamamos al balneario de Mejía. 5 minutos de lectura
APODO DE LIMA
Perla del Pacífico se le llamó por más de un siglo. Pero las modas cambian. Aumentan los índices de televisión, se desploma la lectura como la moneda. A algún veraneante a mediados de la década de 1980 le sonó la tonada y se la propuso a la alcaldesa Naty Leiva. Lo promocionaron con entusiasmo los municipios siguientes en diarios, revistas y carteles. La foto del letrero la tomó mi familia materna alrededor de 1999. El apodo mejiano terminaría en libros como El viaje del Salmón de Abelardo Sánchez León de 2005.
El crítico literario Estuardo Núñez puso en suposición de Porras Barrenechea que el francés Radiguet fue uno de los acuñadores del término para Lima. Solo encuentro que usó la palabra perla, pero no para regalársela específicamente a la antigua Ciudad de los Reyes, donde estuvo en 1844. Barrenechea elogia al francés que publicó en la década siguiente cuando irrumpe en el Perú una gema, la argentina Gorriti que gustaba de apodos geográficos como ciudad blanca. Anillo al dedo.
Pero antes que ella, alguien estampa también el apodo limeño. El español Sebastián Lorente Ibáñez en 1855. Anecdótico que en esos años rondaba el apellido Perla según la Guía de Domicilio de Lima.
Un origen remoto sonoro podría haber sido la Pacific Pearl Fishery Company constituida en Londres en 1825. El apodo lo recibieron también Tahití 1871, Guayaquil y Valparaíso 1881, California 1882. En 1896 Julio Verne lo usó como subtítulo de un libro: “The Pearl of the Pacific”. Tras ello fue el apodo de Hawái 1897, Mazatlán 1900, Acapulco 1946, entre otros. El año es la mención documentada más antigua que encontré.

CRIPTOMNESIA
Así le llamó el psiquiatra Carl Jung al plagio inconsciente. Desde la universidad empleo su teoría para evaluar si mis composiciones provienen de reminiscencias. Es connatural: habitar un rubro cualquiera requiere conocer lo que existe. En ingeniería le llamamos estado del arte.
Pero tanto la escasez como lo omnisciente, conocerlo todo, limitan o anulan la creatividad. Y a veces el cavernoso cerebro confunde lo que es suyo de lo ajeno. Nos pasa en las reuniones con amigos, las buenas ideas se vuelven de todos, más allá del plagio intencionado. Cuántas veces han venido a hablarme de Chule con datos que di hace años y seguramente Usted me dijo lo que, de tanto darle vueltas, comencé a defender como hijo propio. Eso me lleva a preguntar.
¿HASTA DÓNDE SE PUEDE RASTREAR UN ORIGEN?
Es riesgoso llamar a alguien el primero en algo. Ya la costa de Arequipa sabe de fundadores destronados. Sin embargo, las comunidades poseen gente brillante, que aportan, generan o maduran intereses e ideas que terminan siendo el aire que la mayoría respira.

Vimos al egocéntrico Pacheco Andía diciendo que no hubo nadie antes que él en proponer una población mejiana, cuando la década anterior a su llegada se discutió en el Congreso de la República la idea de Federico Blume: Mejía como ciudad portuaria. Demostramos con el controversial Paul Marcoy que hubo probable intención previa, no documentada, difusa, oral, tambeña, especulativa.
La historia tiene una brecha entre lo que realmente sucedió y lo que se conoce. Ese balance práctico es empleado incluso por modelos de inteligencia artificial cuando los chips se inventan estupideces para ahorrarse energía de búsqueda y ganarse aprobación de millones de incautos que afirman: Google lo sabe todo. Mentira, solo sabe lo que está publicado, que a menudo es erróneo. Sabe y puede saber la punta del iceberg, que ya en sí es bastante.
APODOS HISTÓRICOS
Ponerlos requiere chispa y maestría, no esa que venden en instituciones para tener avalado pseudónimo, sino la que se demuestra a puertas abiertas, en el límite entre el arrabal y los cónclaves con frecuencia igual de corroídos.
Son buenos para poner apodos los andinos, porque conviven con la dualidad que prefiero llamar multidimensionalidad. Un buen apodo es interpretativo como una buena canción, una buena novela, la película que no olvidamos, el chiste que llevamos a las reuniones. Decirle a Cusco ombligo del mundo, tiene aristas. Es en simultáneo imperioso y maternal, acaso amable, estratégico y también subliminal.
ME VINO LA NEVADA
Solo los obtusos defienden verdades absolutas. Se casan con libros favoritos que después odian, destierran perfectos amigos que extrañan. Arequipa, adolescente sempiterno, obtuso sin quererlo, se da cuenta aunque orgulloso se encierre en lo que dijo. Hace lo que le da la gana, para bien de su cocina adolescente para el paladar andino, pero sabrosa en su insolencia y, cómo no, picante aunque sensible. Tú, blanca ciudad, de sangre roja similar de todas maneras.
JUANA MANUELA GORRITI EN MOLLENDO
Proveniente de una élite intelectual del Norte argentino se casó en Bolivia con el militar y político Manuel Isidoro Belzú, conocido como el Tata por favorecer a clases humildes de donde provenía.
A Gorriti la han estudiado muchos por su carácter inusual en el promedio del XIX. Frente a los puristas, estaría contenta con mi portada. Por Luis Miguel Glave o Francine Masiello sabemos que en 1847 estuvo en Arequipa, donde se refugió de los dimes y diretes bolivianos que la acostaron con el presidente de las élites, aunque inversor en educación pública, José Ballivián, amigo de su esposo, opositor desde entonces. Belzú sería presidente al año siguiente, abolió la esclavitud y rediseñó la bandera a la que hoy emplea Bolivia.
Juana Manuela fue cercana a Ricardo Palma y a las jóvenes Clorinda Matto y Mercedes Cabello. Se amistó con Belzú por ideales compartidos, pero se sintió más cómoda viviendo en Lima donde hizo fama literaria bien merecida. En adelante un extracto de frases de Gorriti sobre Mollendo. Una de las autoras más estudiadas de la literatura sudamericana hay que imaginarla por la ventanilla del tren viendo Mexia, esa otra pequeña perla del Pacífico.
MISCELÁNEAS 1878
«Y nosotros continuamos la marcha hacia Mollendo. Este puerto, asentado en un escollo por no sé qué inconcebible aberración, nos recibió de la manera más hostil; y al abordarlo hubiésemos perecido 14 personas que veníamos en una chalupa […] una ola formidable iba a caer sobre nosotros y hundirnos […] me hizo dar gritos de angustia y maldecir la cabeza de calabaza que imaginó cambiar el lindo, poético y seguro puerto de Islay por ese espantoso arrecife donde merece estrellarse aquel molondro caletre». Lo último significa tonto.
“RISCOSO PUERTO DE MOLLENDO”
A mi reciente amigo a partir del estudio de los Backus, apasionado en trenes, el matemático Harald Helfgott, le agradará la tenue contradicción mollendina cuando Gorriti continúa: «El ferro-carril del puerto a esta ciudad, obra maestra de ciencia y audacia, se estiende sobre alturas vertiginosas […] un inmenso beneficio para los pobres viajeros». «Y embozándome en mi suave bufanda de vicuña bendecía al progreso, y a Meiggs que lo introdujo en esos desiertos».
Artículo: Perlas del Pacífico, por Rodrigo Llosa, en diario Prensa Regional, Lunes 13 Julio 2026, página 14
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